LA LENGUA CARIBE

Hoy es Jueves, 12 de marzo - 2:57 p. m.

Colombia es un país de maricones

En Colombia hay una extraña enfermedad política: los principios duran exactamente lo que duran las encuestas. Mientras los números son favorables, todo es firmeza ideológica, convicción doctrinaria y discursos sobre valores innegociables. Pero cuando los votos empiezan a escasear, los principios se vuelven flexibles, elásticos, casi de plastilina.

Basta mirar el nuevo ajedrez electoral que empieza a dibujarse alrededor de Paloma Valencia y la eventual fórmula con el Cachaco Juan Daniel Oviedo. Durante años, el Centro Democrático se presentó como el partido de las convicciones inquebrantables: los guardianes del modelo, los defensores de una línea política que no se movía ni un milímetro frente al progresismo, ni frente al famoso “centro tibio”. Todo muy firme, muy doctrinario, muy innegociable… hasta que apareció la matemática electoral.

Y entonces ocurre el milagro colombiano: lo que ayer era imposible, hoy se vuelve estrategia. Lo que antes era incompatibilidad ideológica, ahora se llama “construcción de mayorías”. Lo que se criticaba con furia hace unos años, hoy se vende como pragmatismo político.

La eventual vicepresidencia de Oviedo no es solo una jugada electoral; es el símbolo perfecto de cómo funciona la política nacional. Cuando los votos del centro empiezan a verse necesarios, la ortodoxia se relaja. El discurso se modera. Y los principios que parecían tallados en piedra empiezan a parecer escritos con lápiz.

Pero tampoco nos llamemos a engaño: esto no es un problema exclusivo del Centro Democrático. Es la enfermedad estructural de la política colombiana. Aquí todos hablan de principios, pero todos terminan haciendo cuentas. Aquí todos prometen coherencia, pero todos terminan buscando alianzas que ayer parecían impensables.

Y mientras tanto el ciudadano mira ese espectáculo con una mezcla de ironía y resignación, porque ya conoce el libreto: primero vienen los discursos heroicos, después las alianzas “estratégicas”, y al final la explicación elegante de por qué lo que ayer era imposible hoy es absolutamente necesario.

Y lo más curioso de todo es que en Colombia la política tiene un talento especial para las metamorfosis. Por los votos se suavizan discursos, se reescriben posturas y hasta cambian las banderas que antes parecían intocables. De pronto, aquello que era una amenaza ideológica se vuelve un tema “de respeto”, “de convivencia” o simplemente de cálculo electoral. Así funciona este país: cuando los votos están en juego, hasta las convicciones más sagradas como la ideología de género, descubren que también saben negociar.

El Centro Democrático está a punto de lograr lo que hace unos años parecía impensable: atraer al llamado “centro tibio” del país, incluso a costa de ceder en principios que durante mucho tiempo presentaron como innegociables. Todo en función de un objetivo mayor: construir la mayoría necesaria para llegar a la Presidencia de Colombia.

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@lalenguacaribe1

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