En política hay candidatos que hacen campaña… y hay otros que construyen fenómeno. Lo que está pasando hoy con Abelardo De La Espriella empieza a parecerse más a lo segundo. Porque más allá de simpatías o rechazos, hay algo evidente: el “Tigre” dejó de ser una curiosidad mediática para convertirse en una fuerza política que crece mientras los demás todavía intentan entender qué fue lo que pasó.
Y quizás ahí está la clave de su ascenso. Mientras muchos políticos siguen atrapados en el libreto viejo —discursos calculados, frases tibias y sonrisas prefabricadas— Abelardo aparece como lo contrario: frontal, excesivo, incómodo, sin miedo al conflicto y con un lenguaje que conecta con un país cansado de la corrección política y del liderazgo de laboratorio.
La élite bogotana todavía no lo entiende. Cree que todo es show, redes sociales y ruido. Pero Colombia, especialmente la Colombia profunda, no está leyendo tesis ideológicas; está buscando carácter. Y en un país golpeado por la inseguridad, el miedo y el agotamiento frente al desgobierno, el carácter vende más que cualquier eslogan elegante.
Por eso el crecimiento de Abelardo no debe analizarse únicamente en números. Hay algo más profundo ocurriendo: la construcción de una narrativa. La del hombre que llega diciendo lo que otros calculan, la del outsider que no pide permiso y la del líder que empieza a despertar una manada de ciudadanos cansados de sentirse huérfanos políticamente.
Porque sí, alrededor del Tigre ya no hay solo seguidores; hay una manada. Y las manadas tienen una lógica distinta a la de los partidos tradicionales. No se mueven por burocracia ni por estructuras clásicas; se mueven por emoción, identidad y sentido de pertenencia. Ahí radica el verdadero peligro para sus rivales: subestimarlo.
Muchos todavía creen que el techo de Abelardo está cerca. Decían lo mismo de otros fenómenos políticos antes de que terminaran ganando elecciones. Y mientras tanto, él sigue creciendo. Poco a poco. Sin pedirle permiso a las encuestas tradicionales ni a los analistas que hace meses se burlaban de su candidatura.
Hoy ya no parece descabellado imaginar un escenario donde Iván Cepeda Castro llegue primero… o donde Abelardo termine dándole la vuelta incluso desde la primera vuelta. Porque las elecciones no las define únicamente la intención de voto; también las define el momento emocional de un país. Y Colombia atraviesa uno de esos momentos donde la gente parece querer menos tecnócratas y más símbolos de autoridad.
El Tigre entendió algo que muchos políticos olvidaron: la gente no sigue solamente ideas; sigue energía, firmeza y autenticidad. Y cuando una sociedad siente miedo, frustración o cansancio, suele buscar líderes que transmitan fuerza, no moderación.
Tal vez por eso su crecimiento parece imparable. Porque mientras otros hacen política desde el cálculo, Abelardo la está haciendo desde el instinto. Y hay momentos en la historia donde el instinto colectivo termina rugiendo más duro que cualquier maquinaria.
Cuando un país pierde el miedo a rugir, las viejas jaulas de la política empiezan a temblar.
¡Firmes por la patria!
