En la morgue improvisada de La Guaira, instalada tras el doble terremoto del 24 de junio, se viven escenas de profundo dolor. Familias enteras esperan durante horas la entrega de los cuerpos de sus seres queridos, mientras enfrentan no solo la tragedia de la pérdida, sino también las dificultades económicas para darles sepultura. Entre ellos está Rafael Montesuma, quien relató que tuvo que cargar el cadáver de su esposa después del colapso de su vivienda en Catia La Mar, una experiencia que resume la crudeza de la emergencia.
El drama se intensifica por los elevados costos de los servicios funerarios. Aunque la Cámara Nacional de Servicios Funerarios anunció una tarifa especial de 150 dólares para las víctimas, esa cifra no cubre todos los gastos, como el traslado desde la morgue. Testimonios de afectados denuncian que algunas funerarias estarían cobrando sumas adicionales, lo que agrava la situación de familias que lo han perdido todo. En medio de la emergencia, la solidaridad de voluntarios y rescatistas contrasta con las dificultades económicas que enfrentan quienes buscan despedir a sus muertos con dignidad.
La tragedia ha dejado cifras oficiales de más de 2.600 fallecidos, aunque trabajadores forenses sostienen que el número real podría ser mayor. En este contexto, historias como la de Montesuma reflejan la dimensión humana de la catástrofe: sobrevivir al terremoto y luego enfrentar la dolorosa tarea de recuperar a los propios para darles una despedida. Entre el llanto y la incertidumbre, las familias venezolanas continúan esperando, convencidas de que la memoria y el amor deben prevalecer incluso en medio de la devastación.
