En medio de una conversación espontánea en las calles de Cuba, dos ciudadanos compartieron testimonios que reflejan la difícil situación que enfrentan día a día. Uno de ellos aseguró que la última vez que comió carne fue en 2005, mientras otro relató que apenas pudo hacerlo hace cuatro años. Ambos coincidieron en que el acceso a los alimentos es el mayor desafío de su vida cotidiana, una realidad que se suma a salarios insuficientes que apenas alcanzan para unas horas de subsistencia.
Las voces recogidas también revelan problemas de salud y falta de medicamentos. Uno de los entrevistados relató que sufrió una parálisis a los 51 años y que, pese a necesitar tratamiento, no ha encontrado acceso a medicinas ni atención adecuada. “Aquí no hay nada”, expresó con resignación, describiendo un panorama en el que la precariedad se extiende más allá de la alimentación y golpea directamente la calidad de vida.
Cuando se les preguntó qué cambiaría para mejorar la situación del país, la respuesta fue contundente: “Que se rebele todo el mundo”. Y al pedirles un deseo único para sus familias, la palabra que surgió fue “libertad”. Testimonios que, sin necesidad de adornos, muestran la crudeza de una realidad que toca fibras y que invita a reflexionar sobre las condiciones de vida de miles de personas en la isla.
