Las secuelas del devastador movimiento de tierra del 24 de junio siguen marcando a Venezuela. Calles enteras de La Guaira y otras zonas quedaron reducidas a escombros, los servicios básicos colapsaron y miles de familias se quedaron sin techo. Las cifras oficiales hablan de 3.890 fallecidos y decenas de miles de damnificados, mientras la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que cerca de 6,76 millones de personas resultaron afectadas por la emergencia.
La directora de la OIM, Amy Pope, advirtió que el desplazamiento masivo será una consecuencia difícil de evitar si la ayuda humanitaria no llega con rapidez. En la misma línea, el investigador Ronal Rodríguez, del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario, recordó que “lo que continuaremos viendo es la salida de población venezolana”, subrayando que Colombia volverá a convertirse en la puerta más cercana para quienes buscan refugio y estabilidad.
En los pasos fronterizos ya se percibe la mezcla de incertidumbre, cansancio y esperanza de quienes cruzan con lo poco que pudieron rescatar. El drama humanitario amenaza con intensificarse y, mientras las familias venezolanas intentan reconstruir sus vidas, Colombia se prepara para recibir un nuevo flujo migratorio que pondrá a prueba su capacidad de respuesta y solidaridad.
