A pocos días del relevo presidencial, un documento oficial sacudió el ambiente político en Colombia. La carta reveló que Gustavo Petro impondrá la Cruz de Boyacá a Abelardo de la Espriella durante la ceremonia de posesión, entregándole la máxima distinción civil y militar del país, un reconocimiento reservado para quienes han prestado servicios destacados a la patria. La noticia desató comentarios encontrados y abrió un nuevo frente de debate en medio de la transición de poder.
Sin embargo, la misma comunicación dejó al descubierto una tensión adicional: la Presidencia notificó que el acto de posesión no podrá realizarse en una guarnición militar, como se había planteado, porque la Jefatura de Despacho “no tiene competencia para autorizar, avalar ni gestionar que la ceremonia se realice en una instalación militar o en cualquier sede distinta al Capitolio Nacional”. Con esa precisión, el Gobierno marcó la cancha y cerró la puerta a escenarios alternativos.
El país permanece atento a cada detalle de una jornada que promete ser histórica y cargada de simbolismo. Mientras Petro busca despedirse con un gesto de reconocimiento hacia su sucesor, la polémica por el lugar de la posesión y la condecoración a De La Espriella alimenta la tensión política, dejando claro que el cambio de mando no será un trámite rutinario, sino un espectáculo.
