En Rosario, Argentina, la vida de Julio Adad se mueve entre dos mundos que parecen opuestos, pero que para él son inseparables. De lunes a viernes ejerce como médico cirujano y docente universitario; los fines de semana, en cambio, cambia el bisturí por la olla de cobre y la cuchara de madera para preparar pochoclos y garrapiñadas en el Parque Independencia. Esa doble faceta no es un oficio paralelo, sino el reflejo de una identidad que lo conecta con sus raíces y con la tradición de su familia.
La historia de Julio está marcada por el sacrificio y el ejemplo de sus padres, quienes le enseñaron que el trabajo y la pasión son la base de todo. Tras la pérdida de su padre en plena crisis del 2001, el carrito de pochoclos se convirtió en un sostén económico y emocional. Con esfuerzo, logró ingresar a la Facultad de Medicina y, entre guardias, apuntes y jornadas en el parque, construyó una carrera que hoy lo posiciona como profesional respetado y docente comprometido con sus estudiantes.
Hoy, Julio comparte ese legado con sus hijos, que lo acompañan en el carrito y aprenden que la humildad y la dedicación no entienden de jerarquías. Para él, preparar manzanas acarameladas con el mismo cuidado que una cirugía es una forma de vida: todo debe hacerse con pasión y entrega. Su historia demuestra que el éxito no está en renegar de las raíces, sino en abrazarlas y convertirlas en motor de identidad y orgullo.
