La tragedia de Mónica Lizeth Beltrán, una niña de 13 años reclutada por las disidencias de las Farc en Tibú, Norte de Santander, volvió a poner en evidencia el drama del reclutamiento forzado de menores en Colombia. La estudiante fue sacada de su vivienda el 2 de abril de 2026 y, seis meses después, su padre recibió la confirmación de que había sido asesinada tras intentar escapar. El caso, narrado por Noticias RCN y organizaciones de víctimas, refleja la vulnerabilidad de los niños en regiones golpeadas por la guerra y la falta de garantías para su protección.
El padre de la menor relató que recibió llamadas anónimas y un video que confirmaban la muerte de su hija, quien cursaba séptimo grado y soñaba con estudiar para salir adelante. Según testimonios, Mónica habría intentado huir junto a otros menores, pero fue alcanzada por los subversivos. La Asociación Nacional de Víctimas denunció que la familia fue intimidada para evitar que se hiciera pública la situación, mientras defensores de derechos humanos advirtieron que el Estado y la sociedad fallaron en garantizar la vida y los derechos de la adolescente.
El caso ha generado un contraste en la opinión pública: mientras sectores políticos como el Pacto Histórico se pronuncian con fuerza sobre la defensa de niños en Gaza, ciudadanos cuestionan el silencio frente a tragedias locales como la de Mónica Beltrán. La discusión no busca restar importancia a las víctimas internacionales, sino subrayar la necesidad de un compromiso igual de firme con los menores afectados por el conflicto armado interno. La pregunta que circula en redes sociales resume ese sentir: “¿Por qué se llora por los niños en Gaza, pero no por Mónica Beltrán?”.
