El domingo 17 de mayo falleció en Celaya, México, Sonia Bazanta Vides, más conocida como Totó la Momposina, a los 85 años, víctima de un infarto al miocardio. La noticia, confirmada por sus hijos, estremeció al país y al mundo, pues se trata de una de las voces más emblemáticas de la música folclórica colombiana, reconocida internacionalmente por llevar la cumbia, el bullerengue y los sonidos del Caribe a escenarios globales.
Totó no solo fue una artista, sino un símbolo de identidad cultural. Su legado musical y humano marcó generaciones, y su partida deja un vacío en la memoria colectiva. El Ministerio de Cultura lamentó su muerte y destacó su aporte invaluable a la preservación del folclor, aunque voces críticas señalan que en vida no recibió el respaldo institucional que merecía, lo que reabre el debate sobre el abandono a los grandes referentes culturales del país.
El traslado de su cuerpo a Bogotá está previsto para el 27 de mayo, donde se le rendirá un homenaje póstumo en el Capitolio Nacional. Allí, Colombia despedirá a Totó la Momposina con la dignidad que merece, mientras se discute si el país ha sido capaz de valorar en vida a quienes han dado su voz y su arte para construir la identidad nacional. Su muerte, más allá del dolor, expone la deuda histórica con la cultura popular.
