Hace 3 días, la noche en Ciénaga de Oro quedó marcada por el dolor y la tristeza cuando un pequeño de y sus dos abuelos perdieron la vida, mientras una pequeña aún lucha por sobrevivir. Fue una noche que nadie olvidará, un golpe irreparable para una comunidad que se siente herida y desprotegida. La imagen de aquel niño aferrado a sus piernitas refleja la fragilidad de la vida y el peso de una realidad que no se puede borrar.
El sepelio con tres ataúdes dejó una huella imborrable en el pueblo, mostrando el dolor colectivo de una comunidad cansada de injusticias y tragedias sin respuestas. La ausencia de sus seres queridos marcará para siempre la vida de ese niño, quien deberá enfrentar un futuro lleno de preguntas sin resolver y un vacío imposible de llenar.
Más allá de los titulares y las cámaras que pronto se apagarán, el dolor seguirá presente en ese hogar vacío y en las sillas que nunca volverán a ocuparse. La indiferencia y la impunidad parecen repetirse, pero la resistencia de la gente mantiene viva la esperanza de que algún día la justicia alcance a quienes hoy lloran en silencio.
