¿Y si este mundo fuera el infierno? —No como una afirmación religiosa, sino como una pregunta capaz de alterar la manera en que entendemos nuestra propia existencia. Porque basta mirar con atención para descubrir algo inquietante: habitamos un lugar donde la vida y la muerte caminan juntas. Nacemos con la certeza de que algún día moriremos y, aun sabiéndolo, vivimos como si fuéramos eternos…
Construimos hogares sobre una tierra que puede estremecerse en segundos; contemplamos cielos que pueden convertirse en tormentas y vemos desaparecer aquello que creíamos permanente. Hay algo profundamente desconcertante en nuestra condición… sabemos que somos frágiles, pero necesitamos que el mundo tiemble para recordarnos que estamos de paso.
Quizá por eso nos inquietan las temperaturas extremas, las inundaciones, los incendios, los terremotos, las guerras y tantas tragedias que parecen multiplicarse. Desde hace miles de años, la humanidad ha intentado comprender el sufrimiento, y la Biblia ya hablaba de tiempos de angustia, guerras, hambre y terremotos. Algunos encuentran en esas palabras señales del final. Pero quizá la pregunta más importante no sea cuándo terminará el mundo, sino cuánto tiempo llevamos olvidando que nuestra propia existencia también tiene un final.
Porque si este mundo fuera realmente un infierno, sería extraño que en él existieran también algunas de las cosas más hermosas de la vida: una conversación sincera, la risa compartida, una amistad que permanece, un abrazo inesperado, un atardecer o la posibilidad de hacerle bien a alguien. Tal vez la vida no consiste en escapar del dolor… sino en encontrar, incluso dentro de él, razones para seguir amando la existencia.
Por eso, quizá estos tiempos no deberían llevarnos al miedo, sino a una conciencia más profunda de nuestra existencia. Si todo puede cambiar en un instante, ¿por qué seguimos aplazando el viaje, el abrazo, el perdón o esa palabra que alguien necesita escuchar? No sabemos cuánto tiempo nos queda, pero sí qué hacemos con el que tenemos. Y quizá el verdadero final no sea el día en que dejemos de respirar, sino el día en que descubramos, demasiado tarde, que pasamos tanto tiempo intentando sobrevivir que olvidamos para qué estábamos vivos.
