En el centro de detención de ICE en Dilley, Texas, una carta escrita por María Antonia, una niña inmigrante que lleva 113 días recluida junto a su madre, revela el impacto emocional que el encierro prolongado tiene en los menores. En su escrito, María cuenta que extraña su casa, su país y la posibilidad de salir de vacaciones, pero lo que más la angustia es la sensación de que podría ser olvidada.
El testimonio de la niña se suma a otros dibujos y cartas que han salido a la luz, mostrando cómo los niños detenidos expresan tristeza, culpa y miedo frente a una realidad que no comprenden. En uno de los fragmentos, María describe la rutina perdida y la nostalgia por la escuela y la comida de su hogar, elementos que para ella representaban seguridad y normalidad.
Este caso pone de relieve la dimensión humana de las políticas migratorias y abre un debate sobre el trato que reciben los niños en los centros de detención. Aunque las autoridades insisten en que se cumplen los protocolos establecidos, las cartas y dibujos de los menores muestran una realidad distinta: la de una infancia marcada por la incertidumbre, el desarraigo y el temor de ser olvidados en medio de un proceso que los sobrepasa.
