Alejandro Rodríguez descubrió desde muy joven que lo suyo no era seguir las reglas del salón de clases, sino emprender. Mientras sus compañeros tomaban apuntes, él vendía dulces y láminas de fútbol, aunque los profesores le decomisaran los productos y le llamaran la atención. Esa chispa comercial nunca se apagó y, al graduarse en 2013, con apenas 17 años, tenía una certeza: quería construir su propio negocio.
El consejo de su abuela fue sencillo pero decisivo: “vende empanadas”. Con una nevera de icopor y mucha determinación, Alejandro salió a la calle. Lo que empezó como un reto personal pronto se convirtió en una estrategia innovadora: negociar directamente con colegios para vender dentro de las instituciones. El resultado fue sorprendente: más de mil empanadas al día, ingresos que no gastó en lujos, sino que reinvirtió en abrir su primer local, luego un segundo y más adelante un tercero.
Hoy, su empresa “La Garosa” es sinónimo de esfuerzo y visión. Con tres establecimientos y decenas de empleos generados, Alejandro pasó de ser el estudiante al que le quitaban los dulces en clase a convertirse en un ejemplo de emprendimiento.
