Naín Andrés Pérez Toncel, alias ‘Bendito Menor’, señalado por las autoridades como uno de los principales cabecillas de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), murió durante un operativo de la Fuerza Pública en el barrio Los Olivos de Riohacha. Junto a él fallecieron su pareja, Rosa Angélica Tarazona, alias ‘La Bebecita’, y dos hombres de su esquema de seguridad. El operativo fue confirmado por el presidente Abelardo De La Espriella, quien calificó el golpe contra la estructura criminal como una operación “impecable”.
Pero mientras el Gobierno presentó la operación como un duro golpe contra una organización señalada de ejercer control territorial y participar en actividades criminales en el Caribe, una publicación del exsenador Fernando Niño Mendoza encendió las redes sociales. “Caen cabecillas y siempre aparece otro igual o peor”, escribió el dirigente, quien cuestionó que la violencia pueda solucionar los problemas de fondo y atribuyó parte del fenómeno a décadas de abandono, falta de educación, empleo y oportunidades para los jóvenes de estos territorios. Sus palabras provocaron una fuerte división: unos las defendieron como una reflexión sobre las causas sociales de la violencia, mientras otros las calificaron de desafortunadas por tratarse de un hombre señalado como jefe de una estructura armada ilegal.
La muerte de ‘Bendito Menor’ vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para La Guajira y el Caribe: ¿basta con abatir a un cabecilla para acabar con el problema? La operación representa un golpe importante para las ACSN, pero la experiencia de los últimos años muestra que la salida de un jefe criminal puede abrir rápidamente la disputa por su territorio y poder. El verdadero desafío, además de perseguir a las estructuras ilegales, sigue siendo evitar que nuevos jóvenes terminen engrosando sus filas.
