El reciente encuentro político liderado por el senador y hoy candidato presidencial, Iván Cepeda Castro, dejó algo más que una reunión protocolaria en Córdoba: dejó un mensaje que retumbó en todo el departamento —en política, el liderazgo no se hereda ni se asigna, se gana en las urnas.
Y en esa lógica, quien hoy sale fortalecido es Luis Fernando Ballesteros. Su nombre no aparece por afinidad ni por acuerdos internos, sino por algo mucho más difícil de conseguir: votos. Su curul en la Cámara de Representantes es el reflejo de un respaldo ciudadano real, medible y legítimo, lo que lo posiciona como una de las figuras llamadas a liderar el proyecto político en el departamento.
Pero mientras unos llegan con votos, otros quedan en una zona incómoda. El nuevo orden que plantea Cepeda pone sobre la mesa una discusión que en Córdoba muchos venían evitando: la diferencia entre el poder ganado en las urnas y el poder administrado desde la institucionalidad.
En ese contexto aparece el caso de Angélica Verbel, quien durante el gobierno de Gustavo Petro ha tenido incidencia en entidades clave del orden nacional en el departamento como el SENA, el ICBF, la Unidad de Restitución de Tierras y el Ministerio del Trabajo. Una presencia institucional que, sin duda, le ha dado visibilidad y poder, pero nula de gestión a favor de los cordobeses.
Sin embargo, el giro que propone Cepeda cambia la conversación: ya no basta con estar, ahora hay que demostrar respaldo electoral. Y ahí surge la pregunta que muchos empiezan a hacerse en voz alta: ¿dónde están los votos de Angélica Verbel? Porque en política, y especialmente en la costa Caribe, el liderazgo no se presume, se prueba en las urnas y la viceministra no ha sido elegida siquiera, alguna vez en su vida, a una junta de accion comunal, todas sus participaciones en materia electoral han sido un rotundo fracaso.
La advertencia de Iván Cepeda fue clara y contundente contra Verbel López: quien aspire a tener espacio en un eventual gobierno deberá ganárselo compitiendo y venciendo en elecciones. Es decir, dejando atrás la comodidad del poder sin contienda y entrando al terreno donde realmente se mide el liderazgo.
Lo ocurrido no es menor. Es el inicio de una depuración política donde las estructuras empiezan a reacomodarse y donde las credenciales ya no serán los nombramientos, sino los resultados electorales. Córdoba entra así en una fase donde el poder prestado comienza a perder fuerza frente al poder legítimo.
Y en ese nuevo escenario, la política deja de ser un asunto de cercanías… para volver a ser lo que siempre debió ser: un ejercicio de votos, calle y legitimidad.
