La visita “atípica” de María Corina Machado a la Casa Blanca desató un terremoto político y mediático. La líder opositora venezolana, galardonada con el Nobel de la Paz en diciembre, decidió entregar simbólicamente su medalla al presidente Donald Trump, un gesto que el propio mandatario celebró en su red social como si finalmente hubiera recibido el premio que tantas veces reclamó para sí mismo.
El Comité Nobel, sin embargo, fue tajante: el galardón no puede ser transferido ni compartido, lo que deja en el aire si se trató de un acto de gratitud, un movimiento estratégico o una jugada de propaganda.
El encuentro, realizado a puerta cerrada y sin cámaras, alimenta las sospechas. Trump, que en repetidas ocasiones ha dicho que merece el Nobel por sus negociaciones internacionales, aprovechó el gesto de Machado para reforzar su imagen de “salvador” de Venezuela, justo después de la captura de Nicolás Maduro y en medio de negociaciones con Delcy Rodríguez.
Mientras Machado hablaba de libertad y dignidad para los venezolanos, Trump se mostraba más interesado en remarcar que “ella es una mujer muy agradable” pero sin el respeto suficiente para liderar el país, dejando claro que su apoyo real está en otro lado.
La pregunta inevitable es si Trump utilizó a Machado para alimentar su vieja obsesión con el Nobel, o si fue ella quien, en un acto de desesperada gratitud, buscó blindar el respaldo estadounidense a la causa venezolana.
