En zona rural de Ituango, Antioquia, se vivió una escena que ha generado indignación: integrantes de las disidencias de las FARC asistieron sin reparo al velorio de uno de sus cabecillas abatidos. La presencia de hombres armados, uniformados y con banderas de la guerrilla encendió las alarmas sobre la manera en que estos grupos ilegales se desplazan y actúan con aparente libertad.
No es la primera vez que se registran este tipo de homenajes. En varias ocasiones, los cabecillas de la guerrilla han sido despedidos en coliseos y espacios públicos, rodeados de compañeros que les rinden tributo como si se tratara de héroes, en medio de símbolos insurgentes y discursos de resistencia. Estas prácticas, más allá de la solemnidad, reflejan la capacidad de las estructuras armadas para imponer su narrativa en territorios donde la institucionalidad es débil.
La polémica vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la presencia y control de las disidencias en regiones como el norte de Antioquia. Mientras las comunidades reclaman seguridad y Estado, los grupos ilegales exhiben poder y desafían abiertamente la autoridad, dejando la sensación de que la barbarie se desplaza “tal como se les viene en gana”, sin que haya una respuesta contundente por parte de las instituciones.
