La furia de la naturaleza golpeó sin aviso. En apenas unas horas, las intensas lluvias dejaron al corregimiento de Pica Pica Viejo, en Puerto Libertador, convertido en un escenario de desastre. El agua arrasó con viviendas, colegios y calles, sumergiendo bajo el lodo y la corriente lo que las familias levantaron con años de esfuerzo. La magnitud de la emergencia refleja cómo la fuerza del clima puede transformar la vida de una comunidad en cuestión de segundos.
Las familias quedaron a la intemperie. Hombres, mujeres, niños y adultos mayores vieron cómo sus enseres se destruían y cómo sus hogares se convertían en ruinas. El impacto no solo es material: la pérdida de espacios educativos y comunitarios deja a la población sin refugio ni esperanza inmediata, enfrentando la incertidumbre de no saber cómo reconstruir lo perdido.
El clamor es por solidaridad. Más allá de la asistencia institucional, los habitantes piden apoyo humano y acompañamiento en medio de la angustia. La tragedia de Pica Pica Viejo se convierte en un recordatorio de la vulnerabilidad frente a la fuerza de la naturaleza y de la necesidad de que la sociedad entera se movilice para devolverles un poco de esperanza a quienes lo perdieron todo bajo el agua.
