LA LENGUA CARIBE

Hoy es Viernes, 23 de enero - 1:56 a. m.

La inteligencia no nos salvó

Ningún animal se despierta pensando en dominar a otro, acumular más de lo que necesita o causar dolor por aburrimiento. El ser humano sí. Y no porque sea más fuerte, sino porque piensa. La inteligencia, que debía salvarnos, terminó dándonos nuevas formas de sufrir y de hacer sufrir.

A diferencia de los animales, no actuamos solo por necesidad. Tenemos imaginación, memoria y deseo. Sabemos lo que queremos, recordamos lo que tuvimos y fantaseamos con lo que aún no tenemos. El problema es que nunca es suficiente. Cuando alcanzamos algo, dura poco la satisfacción. Al poco tiempo aparece otro deseo, otra ambición, otra meta. Vivimos en una carrera constante por más: más dinero, más poder, más reconocimiento.

Schopenhauer entendía esto con claridad brutal. Para él, “toda satisfacción es solo negativa, nunca positiva”, porque no elimina el deseo, solo lo calma por un momento. Por eso el ser humano vive atrapado entre la falta constante de lo que quiere y el aburrimiento de lo que ya posee. Cuando no tenemos lo que deseamos, sufrimos; cuando lo conseguimos, pronto nos cansamos.

Esa insatisfacción nos vuelve inquietos, frustrados y muchas veces crueles. No solo hacemos daño para sobrevivir, sino por placer, ego o aburrimiento. La inteligencia nos permite convertir el sufrimiento ajeno en un medio para nuestros fines. Podemos planear daño, justificarlo y llamarlo progreso.

Lo más inquietante es que somos conscientes de lo que hacemos. Sabemos que causamos dolor, pero aun así seguimos adelante. La inteligencia no nos frena; al contrario, nos da mejores herramientas para dañar.

Tal vez el problema no sea la maldad en sí, sino ese deseo infinito que nunca se calma. Mientras nada nos baste y siempre queramos más, el sufrimiento será inevitable. Quizás la única salida esté en aprender a desear menos, a frenar, a mirar al otro con compasión. No como ideal moral, sino como acto de supervivencia. Cada vez que logramos detenernos y comprender el dolor ajeno, dejamos de alimentar ese ciclo de insatisfacción y daño. Aprender a contentarnos con menos no significa resignarse, sino encontrar espacio para la claridad y la humanidad. Así, la inteligencia puede convertirse en herramienta para crear comprensión y alivio.

No podemos cambiar nuestra voluntad insaciable, pero sí podemos elegir cómo usarla. Tal vez la verdadera libertad esté en desear menos, escuchar más y actuar con compasión, porque eso no nos hace débiles, sino plenamente humanos.

Notas relacionadas

@lalenguacaribe1

+150k Followers

La Lengua Caribe es un diario digital colombiano que cubre noticias de la región del Caribe colombiano, especialmente de los departamentos de Córdoba y Sucre.