Al cierre de cada jornada presidencial, marcada por reuniones, actos oficiales y compromisos de Estado, el presidente Abelardo y la primera dama repiten un gesto que se ha vuelto símbolo de su relación: se reciben con un abrazo gigante y un beso lleno de cariño, como si fuera el primer día de noviazgo. Esa escena, lejos de la solemnidad del poder, transmite cercanía y complicidad.
La pareja suele reencontrarse después de agendas agitadas con la misma espontaneidad, tomados de la mano y compartiendo un instante de afecto que rompe la rutina institucional. Para ellos, el protocolo termina en el momento en que se miran y se funden en un gesto que habla de constancia y de un vínculo que no se desgasta con el tiempo.
Más allá de los mandatos y las responsabilidades que exige la vida pública, ambos esperan con ansias la llegada de la noche para volver a verse. Ese encuentro cotidiano, sencillo pero cargado de significado, deja la imagen de un presidente y una primera dama que, entre deberes y compromisos, mantienen intacta la fuerza de su relación personal.
