Cuba vive su octava noche consecutiva de protestas masivas contra los apagones y la crisis multisistema que golpea a la isla. Cientos de ciudadanos, en su mayoría jóvenes, salieron a las calles iluminados con celulares y gritos de libertad, atacando la sede local del Partido Comunista y prendiendo fuego a archivos y equipos extraídos del edificio.
La represión fue inmediata: agentes revolucionarios retomaron el control del municipio con violencia, y habitantes denunciaron disparos contra menores de edad. Líderes opositores como Rosa María Payá y políticos cubanoamericanos expresaron su respaldo al pueblo de Morón, mientras analistas advierten que los incendios en sedes oficiales son un signo de radicalización y de un cambio social que podría ser inminente.
El futuro de Cuba se torna incierto. A los apagones que ya llevan tres años se suman la escasez de alimentos, medicinas y agua, junto con el deterioro de la vida diaria. Aunque el gobierno de Miguel Díaz-Canel reconoció negociaciones con Estados Unidos y anunció la excarcelación de algunos presos políticos tras un acuerdo con el Vaticano, las manifestaciones parecen incontenibles y reflejan un país que, entre crisis y represión, ya no aguanta más.
