Santiago Ortiz Gómez, un joven santandereano de 26 años, emprendió hace diez meses un viaje con un propósito claro: conseguir mejores oportunidades y cumplir la promesa de comprarle una casa a su madre. Su destino fue Ucrania, un país marcado por la guerra, donde buscaba un futuro que en Colombia parecía cada vez más lejano. Sin embargo, ese sueño terminó convertido en despedida cuando un ataque con dron impactó el vehículo en el que se movilizaba durante un entrenamiento militar, acabando con su vida y la de otros combatientes extranjeros.
La noticia tardó en llegar a su familia. Fueron 25 días de espera entre pruebas y confirmaciones hasta que finalmente se supo que su cuerpo había sido trasladado a Bogotá. Santiago no tenía hijos ni esposa, pero sí planes y proyectos que quedaron truncados. Su padre recordó con dolor que su mayor ilusión era darle un hogar propio a su madre, un objetivo que repetía constantemente y que lo motivó a dejar su tierra natal.
El 2 de mayo, Villanueva, Santander, lo recibió en silencio. No volvió con las manos llenas ni con las llaves de la casa prometida, sino en un ataúd. Su historia refleja la crudeza de los conflictos armados y cómo los sueños de quienes buscan un futuro mejor pueden terminar apagados lejos de casa.
