Mayerly desafió los prejuicios y convirtió su buseta en un símbolo de resistencia y orgullo. Mientras muchos decían que conducir no era “trabajo para mujeres”, ella decidió demostrar lo contrario: con carácter, valentía y una sonrisa siempre lista, lleva ocho años recorriendo Jamundí en su icónica buseta rosada, que ya es parte de su identidad y de la comunidad.
Su espacio de trabajo es más que un vehículo: es su segundo hogar, su refugio y el lugar donde ha aprendido que la igualdad se construye con hechos. A pesar del bullying y de quienes intentaron reducirla a estereotipos, Mayerly se mantuvo firme, respaldada por su familia y por el cariño de los usuarios que la esperan cada día con admiración y respeto.
Hoy, su historia inspira a otras mujeres a no dejarse frenar por comentarios machistas. Mayerly demuestra que el querer es poder, que la pasión rompe barreras y que la fuerza femenina también conduce sueños. Su buseta, la número 336, es más que un medio de transporte: es un recordatorio de que ninguna mujer se arruga cuando se trata de luchar por lo que ama.
