Durante 30 años, Minalu Mergiya dejó su tierra en Etiopía para trabajar como empleada doméstica en el Líbano. No fue un camino fácil: lejos de casa, de su cultura y de su hijo, asumió el sacrificio con un objetivo claro, pagarle una buena educación a Kirubel Salomon y darle oportunidades que ella no había tenido. Su motor fue siempre el mismo: el amor de madre que no se rinde.
Kirubel creció viendo el esfuerzo silencioso de su mamá y decidió honrarlo persiguiendo su sueño de infancia: convertirse en piloto. Con disciplina y constancia lo logró. Pero la vida le tenía guardado un momento aún más grande. Cuando Minalu abordó un vuelo de Ethiopian Airlines para regresar a casa, no imaginaba que el capitán que comandaba la aeronave era su propio hijo.
El reencuentro fue puro sentimiento: un abrazo que resumía décadas de distancia, trabajo duro y esperanza. El video se volvió viral y tocó millones de corazones, porque más allá del uniforme y la cabina de mando, la historia habla de algo universal: el poder del sacrificio y la certeza de que, cuando se lucha con amor, los sueños sí pueden despegar.
