En medio de la celebración de un cumpleaños, un video mostró a una niña que, mientras trabajaba vendiendo en la calle, se detuvo tímidamente a observar el show. Su mirada, cargada de curiosidad y deseo, contrastaba con la distancia que la separaba de la fiesta: ella no estaba allí para disfrutar, sino en la calle trabajado para poder sobrevivir. La escena, rompió corazones y abrió una conversación sobre las realidades invisibles que viven muchos niños en nuestro país.
Mientras unos pequeños celebran rodeados de globos, música y regalos, otros deben enfrentar la dureza de la vida adulta demasiado pronto. La infancia, que debería ser sinónimo de juego y aprendizaje, se convierte para miles de niños en jornadas de trabajo, ventas en semáforos y esfuerzos por aportar a la economía familiar. Este contraste duele porque revela una desigualdad que no se mide en cifras, sino en oportunidades robadas y sueños interrumpidos.
