En plena celebración de carnaval en la Costa Caribe, dos jóvenes mormones fueron sorprendidos por la tradición local de arrojar agua a quienes cruzan las calles. Sin conocer la costumbre, pensaron que serían perdonados por su condición de visitantes, pero la cultura popular fue clara: en carnaval, el agua es para todos.
Los habitantes, con baldes en mano, lanzaban chorros a todo aquel que pasaba, sin distinción de religión o procedencia. Los jóvenes, desconcertados, terminaron empapados en medio de risas y aplausos, convirtiéndose en protagonistas involuntarios de una fiesta que no hace excepciones.
El episodio refleja la fuerza de las tradiciones costeñas, donde la alegría y el desorden del carnaval se imponen sobre cualquier formalidad. Ni los mormones escaparon de la “ley del agua”, recordando que en estas fiestas la igualdad se vive a punta de baldes y carcajadas.
