A los 96 años, esta madre enfrenta el desgaste natural del tiempo, pero su mayor preocupación no es su salud, sino el futuro de su hijo de 55 años con síndrome de Down. Aunque el mundo lo ve como un adulto, para ella sigue siendo su niño, su razón de vivir, y cada día le pide a Dios un poco más de tiempo para seguir cuidándolo.
Su historia refleja la fuerza de un amor que no se agota. Con las piernas debilitadas y el cansancio como rutina, aún conserva intacta la ternura con la que acaricia el rostro de su hijo. No teme a la muerte, teme al vacío que podría dejar en su vida, y por eso suplica amaneceres adicionales para acompañarlo.
Más que un relato íntimo, este testimonio se convierte en una lección universal: el corazón de una madre no conoce fecha de vencimiento. Su entrega y valentía inspiran a quienes la escuchan, recordándonos que el verdadero amor trasciende la edad, el cansancio y el tiempo.
