Antonio Bautista Beltrán, conocido cariñosamente como “el viejito”, desafía el paso del tiempo con una rutina que sorprende a cualquiera. A sus 96 años, recorre barrios cargando mercancías del hogar sobre sus hombros, protegido por unos zapatos dos o tres tallas más grandes que le evitan los callos y le permiten seguir caminando kilómetros cada día. Su figura, siempre en movimiento, se ha convertido en símbolo de constancia y vitalidad.
Aunque muchos pensarían que lo hace por necesidad, Antonio insiste en que no es así. Sus hijos, todos profesionales, entre ellos Ulises Valentín, exluchador olímpico dominicano, pueden suplirle de todo lo que requiera. Sin embargo, él elige mantenerse activo porque, como dice con orgullo, “el cibaeño tiene aspiraciones”. Su trabajo no es una obligación, sino una forma de reafirmar su identidad y su deseo de no quedarse quieto.
