El presidente Donald Trump confirmó que su administración mantiene conversaciones directas con el régimen cubano. Según el mandatario, la asfixia económica de la isla ha llevado a los líderes comunistas a la mesa de negociación, abriendo la posibilidad de lo que él define como una «toma de control amistosa». «Están en grandes problemas, no tienen dinero, no tienen nada», afirmó Trump antes de partir de la Casa Blanca, subrayando que tras décadas de confrontación, el cambio en la isla podría estar cerca.
La estrategia, en la que el Secretario de Estado Marco Rubio juega un papel fundamental, consistiría en un alivio progresivo de las sanciones estadounidenses a cambio de reformas estructurales en Cuba. Este plan se ejecutaría bajo una estricta vigilancia «mes a mes». Como primer paso, Washington ha permitido el envío de combustible de empresas estadounidenses exclusivamente a compañías privadas cubanas, buscando fomentar el sector independiente y aumentar la dependencia económica de la isla respecto a Estados Unidos, debilitando así el control estatal del régimen.
A pesar de la retórica agresiva habitual de La Habana, el viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossio, reconoció una disposición por parte de EE. UU. para esclarecer incidentes recientes, aunque el régimen sigue calificando a ciertos grupos de exiliados como «terroristas». En un contexto de máxima fragilidad tras la ruptura con el régimen de Maduro en Venezuela, la propuesta de una «intervención controlada» marca un punto de inflexión histórico que podría redefinir el destino del Caribe.
