Lo que un día fue presentado con «bombos y platillos» como el máximo símbolo de la alianza entre Colombia y Estados Unidos, hoy es solo chatarra retorcida en la selva del Putumayo. El Hércules C-130, esa imponente aeronave que el expresidente Iván Duque recibió con alfombra roja y discursos de grandeza el 6 de octubre de 2020, se desplomó el lunes festivo en Puerto Leguízamo, dejando un rastro de desolación que revive las críticas sobre el estado real de los equipos donados por potencias extranjeras.
En plena pandemia, Duque calificó la donación como una muestra de que la cooperación binacional estaba «más viva que nunca». Sin embargo, las promesas de seguridad y soberanía aérea se estrellaron contra el suelo, planteando la inquietante duda de si estas «joyas» del aire son realmente activos estratégicos o simples excedentes obsoletos que terminan costando vidas colombianas.
El accidente en el sur del país ha desatado una ola de indignación en redes sociales, donde se cuestiona si el mantenimiento y la antigüedad de la flota fueron ignorados. Mientras las autoridades aeronáuticas intentan descifrar qué falló en los motores.
