Hubo un tiempo en que la vida se vivía en la calle, entre risas, bicicletas y juegos que parecían no tener fin. Los niños se reunían en las esquinas para saltar la cuerda, dibujar con tiza en el suelo o jugar a las canicas, mientras la tarde se iba tiñendo de naranja. No había celulares ni pantallas que los distrajeran, pero sí había amigos, vecindarios vivos y esa sensación de libertad que solo daba la calle.
La memoria colectiva guarda esas imágenes como un tesoro: la bicicleta convertida en nave espacial, la cuerda en escenario de competencias interminables y la acera como lienzo de creatividad. Eran días en los que la felicidad no dependía de una conexión a internet, sino de la complicidad de la amistad y del aire fresco que acompañaba cada juego.
Hoy, cuando la tecnología ocupa gran parte de la rutina, recordar esos momentos es volver a las raíces, a lo simple y lo verdadero. La nostalgia recuerda que la infancia de antes estaba hecha de polvo en los zapatos, rodillas raspadas y carcajadas compartidas, y que en esa sencillez se escondía una forma de felicidad que todavía nos acompaña cuando cerramos los ojos y evocamos aquellas tardes de barrio.
