El dolor de Johana Toledo sigue intacto desde aquel 11 de febrero, cuando su hija Liz Camila Berrío Toledo, de 16 años, fue hallada ases!nada y enterrada en una fosa entre Las Cruces y El Pantano, en el corregimiento Santa Lucía de Montería. La joven, descrita como una “niña de casa”, desapareció tras decir que visitaría a una amiga. Su madre recuerda con angustia el último abrazo y las palabras de despedida que hoy se convierten en un eco de ausencia.
La investigación publicada por El Meridiano reveló que Liz Camila habría sido víctima de una obsesión enfermiza. Según los testimonios recogidos, Samuel Reyes Pérez la habría acosado en varias ocasiones, incluso amenazándola con un cuch¡llo. En audiencias judiciales, Juan Carlos González Cárdenas relató cómo presenció el ataque: primero un golpe, luego agresiones físicas y finalmente el cr¡men que terminó con la vida de la adolescente. Los acusados, según la madre, t0rturar0n, v¡olar0n y apuñalar0n a la joven antes de ent3rrarla.
El proceso judicial ha estado marcado por aplazamientos constantes debido al cambio de abogados de los acusados, lo que ha prolongado la espera de justicia. “Aquí la víctima soy yo, a mí no me quitaron la hoja de un árbol, me arrebataron la vida de mi niña”, expresó Johana Toledo en entrevista. La madre insiste en que los jueces y abogados “se pongan la mano en el corazón” y que el caso no siga retrasándose, pues en febrero se cumplirá un año del crimen.
La tragedia también dejó secuelas emocionales profundas: Johana confesó que intentó acabar con su vida trece días después del asesinato, aunque hoy se aferra a su otra hija para seguir adelante. El feminicidio de Liz Camila Berrío Toledo se suma a la lista de crímenes que evidencian la vulnerabilidad de las adolescentes frente a la violencia de género y la urgencia de respuestas judiciales rápidas y contundentes.
